Breve historia del Propósito


Hace algunos meses conocí a un tipo genial, lo escuché exponer su historia y no me pude resistir pedirle que nos juntaramos a tomar un café. A los pocos días nos dimos cita en un café de Belgrano, yo traía 2 objetivos para la reunión: 1) hacerle algunas preguntas sobre su historia y lo que hace hoy en día, y 2) “pitchearle” mi idea de emprendimiento social.

Luego de haber charlado un buen rato, entre sorbo y sorbo después de haberle explicado mi revolucionaria idea, me formuló una pregunta que me movió la estantería un poco: “¿Para qúe?”. Parece un poco tonto, pero no nos preguntamos muy seguido “¿para qué hacemos lo que hacemos?”. Yo intenté responder: “Porque quiero…”, y me cortó, “No, no, no me respondas ‘porque’, quiero que me digas ‘para que'”.

Ahí comenzó a morir mi idea, me di cuenta instantáneamente que mi proyecto no tenía una razón de ser, no tenía un propósito, sino una justificación. Constantemente sufrimos distorsiones cognitivas, como intentar reemplazar preguntas complejas (¿para qué?), por otras más simples (¿por qué?).

En el mundo medieval, previo al nacimiento de los sistemas capitalista y comunista como los conocemos hoy en día, no nos preguntábamos sobre nuestro propósito, venía dado.

Tomás de Aquino, un napolitano del siglo trece, aseguraba que todos los seres son parte de una Cadena, que obviamente creó Dios; esto indica qué seres tienen que servir a otros. Por lo tanto existe una jerarquía natural de las especies, y también en los humanos: Papa, reyes, señores, caballeros, siervos. Las cosas son así, si vos servís al de arriba de la cadena, te ganás la salvación.

Pero la fiestita se iba a terminar en algún momento, cayó Martín Lutero (un alemán, polémico por lo menos, no el de “I have a dream” eh) que se plantó y lo tildó al Papa de ser “el Anticristo”, él sostenía que nadie podía intermediar entre el hombre y Dios, y que aceptando el llamado de Dios y realizándolo puede ser una buena manera de darse cuenta si vas a tener salvación. Después vino Calvino y la pudrió, dijo que un buen indicador de que vas a ser elegido para la salvación es que estés metido en mejorar la forma en que realizás tu llamado, lo que claramente todos entendieron fue: “si mejoro mi economía personal seguro estoy mejorando mi relación con Dios, voy de cajón a la salvación“.

Estos tipos sin darse cuenta, junto a los avances tecnológicos, dieron nacimiento a los burgueses y al homo economicus. Durante el siglo diecisiete aparecen algunos tipos que empiezan a hablar del inidividuo, la razón y otras yerbas; para fines del siglo dieciocho ya estaba la mesa servida para las revoluciones. Y así como quién no quiere la cosa, el hombre común de repente tiene que salir a buscarle un sentido a la vida y lo que hace. Terrible.

Después de un tiempo, ya pasado el 1860, cae Marx y nos invita a todos a matar las religiones, compartir los medios de producción y poner a lo social por encima de lo individual. No pegó mucho la idea entre los que bancaban a Adam Smith y la iniciativa privada y tuvimos un siglo veinte cargado de guerras bastante pesaditas y algún que otro golpe militar en Latinoamérica, hasta 1991, donde le levantan el brazo al capitalismo después de haber ganado por puntos una pelea muy sucia.

Hoy, la amplia mayoría de los que vivimos en el mundo “occidental”, vivimos buscando la salvación también, solamente que la parte de Dios es opcional, la posta la tiene el Mercado. Si vos te dedicas a producir algo que genera valor para los demás, el Mercado te va a “premiar”, sino te va a “castigar”; donde el premio es un viaje al Caribe, todo incluído, para 4 personas. Pero también te ofrece la “Puerta N°2”, que por lo general tiene un burro sucio con campanita en el cuello.

Si vas a buscar que el Mercado te premie (o no) tenés infinitos caminos para seguir, y acá aparece el Propósito cómo variable importante: podés hacer algo para intentar que el Mercado te lleve al Caribe, o bien, podés encontrar otra fuente de inspiración y motivación que va a pesar más que tu éxito monetario, con el que tal vez termines en el Caribe, pero eso va a ser cuestión tuya. Esa fuente va a ser tu Propósito, tu respuesta a tus “¿para qués?” y va a funcionar como motor para seguir para adelante en cualquiera que sea tu proyecto de vida.

El Propósito es personal, lo que no quiere decir que no beneficie a otros o sea compartido por varias personas, si lo encontrás vas a poder decir algo como “I have a dream” y tomar decisiónes a prueba de balas.

La próxima vez preguntate “¿pará qué?”, yo todavía lo hago.

Ah! Y leanse este libro. Magia pura.

empresas sociales