¿Todo bien?


Hace unos meses tengo una pregunta dando vueltas: ¿tiene algún propósito la competencia?

Como individuos, seres humanos occidentales, nuestra percepción de la “realidad” que nos rodea está supeditada al alcance de nuestros sentidos. De la piel para afuera, nada.

En general somos semigregarios, no somos completamente gregarios como las abejas, ni solitarios como el león. Comprendemos nuestra realidad en términos personales y sociales, por un lado vinimos a este mundo desnudos y nos iremos desnudos, por el otro tenemos una madre y padre, hermanos, abuelos, amigos, compañeros, conocidos, contactos, adversarios, enemigos, etc.

Los expertos en inteligencia emocional destacan la empatía como herramienta fundamental para poder posicionarse en la realidad sentimental de otro (como si esto fuese realizable) y así poder tener una función social armoniosa.

No se puede negar que existen aquellos que con simplemente ver una cara o escuchar un tono de voz pueden arriesgar (y generalmente acertar) que es lo que está sintiendo en ese preciso momento el sujeto en estudio, una madre que escucha a su bebé llorar o un jefe que ve a sus empleados con cara de “pocos amigos”. Pero de ninguna manera podemos pretender comprender la “realidad” completa de otra persona, probablemente ni siquiera la propia, ni la de los muchachos en Gran Hermano o The Truman Show. Esto sucede simplemente porque no somos otra persona.

La próxima vez que te hablen de la “realidad”, preguntá “¿la de quién?”.

Si hay algo claro en este mar de turbiedad es que no está “todo bien”, nunca. El sistema en el que convivimos nos empuja hacia la competencia y apela a nuestra “realidad personal”. Ganar y perder tienen connotaciones opuestas, ganar-bueno, perder-malo. Si perder es negativo y reprochable, ganar debe ser el objetivo, cueste lo que cueste. Es en ese punto donde dejamos de intentar empatizar, no escuchamos opiniones ajenas y no nos importa nada más que la victoria (en detrimento de otros).

¿Que mundo extraño sería el de la cooperación no? Un mundo donde la interacción social sea tan o más importante que la personal. O por lo menos esté entendido que, como parte del equilibrio personal, uno no puede renegar de su condición social.

¿Cómo definiríamos quién gana y quién pierde? ¿Boca y River se pasarían la pelota para que los jugadores cobren más primas por gol? ¿Mauricio le pasaría por Whatsapp un proyecto de ley a Daniel? ¿Coca-Cola intercambiaría su receta con Pepsi para mejorarlas? Realmente suena todo muy descabellado. Mi pregunta es: ¿Por qué no?

No creo que sea necesaria una revolución socialista para que esto sea posible, solamente tenemos que ubicar a la cooperación y al bienestar social en nuestro mapa de preferencias personales (entre el fútbol y el mate, al lado del asado) y correr de su lugar a la competitividad y el bienestar personal. El mercado capitalista se encargará del resto, o mejor dicho, empezaremos a lucrar con la cooperación. Creo que es hora de resignificar el éxito y el fracaso.

Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.

Algunas pistas para saber de qué estoy hablando.


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