#UnMateYSeguimos | DIOS


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DIOS

Subieron un piso y caminaron hacia un pequeño cuarto, uno de miles que daban al pasillo de alfombra crema, perfectamente mantenida gracias a la política de “No Zapatos, Si Losa Radiante”. Al entrar, el Gerente de Reclutamiento le pidió gentilmente que se sentara y él lo hizo también. Tras las ventanas, nubes y un jardín estilo edénico-japonés.

-Bueno… no me queda más que darte la calurosa bienvenida a nuestra organización, como sabrás fuiste seleccionada de entre las mejores de las mejores, blablablá… vas a ocupar el puesto de secretaria de Legales en el piso 48. Este es el manual de las políticas, la reglamentación y espero que tengas un lindo día de trabajo- finalizó, por alguna razón sintió que William repetía como un cassette y antes de que ella pueda reaccionar, acotó -Tenés que relajarte, se te ve tensa y acá no te conviene, vas a estar acá, conmigo, una… ¿eternidad? – Se rió el con nostalgia mirando la alfombra crema con un patrón hermosamente organizado de pequeñas nubes celestes, y esos bigotitos de niño púber orgulloso de su vello facial se movían de siete de oro a espadas, a ella le causaba una gracia casi incontenible que esa danza de bigotes suceda justo encima de su hablar ceceoso.

– Primer día, vos sabés…
– Sé, sé. Leete el manual por hoy, y paseá por ahí, tal vez te hacés un amigo, hasta que la gente de Mantenimiento no arme el escritorio… pasá por acá antes de irte si te acordás.

Sin emitir palabra, la señorita Ámbar salió de la oficina un poco tímida, volvió a cruzar el larguísimo pasillo y llamó al ascensor esperando a que algún famoso comparta el viaje con ella aunque sean esos vertiginosos 20 segundos que tarda en llegar desde el 313 a planta baja, pero viajó sola, pegando la cara al vidrio que dejaba ver la porción que no estaba en sus oficinas del millón y medio de empleados.

“9.14” dictaba el reloj pulsera, y comenzó a formular una serie de por suertes que terminola llevándo a pasar varias horas leyendo bajo las nubes en el campo de recreación de la empresa. Estuvo tan sola que se quedó a comer en el mismo banco donde leyó, donde escuchó funk, donde marcó con resaltadores amarillo y lila lo mas interesante del manual (le llamó mucho la atención la 18.4.2 “Contratación de trabajadores sexuales no humanos”) y donde redactó un sueño que le volvió a la mente; al arroz con hongos también le puso un poco de rojo.

Ya daba sueño por la modorra y la fijación de la vista, a eso de las 16hs. decidió dejar de matar el tiempo y tocó la puerta del 313 que decía “W. Shakespeare”, no respondieron y se animó a entrar de prepo.

– ¿Cómo estuvo ese primer día? – dijo temblorosamente William, haciendo una mueca de culpa y preocupación.
– Increíble, no lo creo todavía. No veo el momento de empezar.- Ella no lo llego a ver salir debajo del escritorio, arreglándose la camisa.


Antes de todo esto, ella era mi compañera de vagancia. A nuestra corta edad de 138 años recién cumplidos aplicó para este puesto y sorpresivamente la seleccionaron entre un grupo de doscientas mil postulantes de su edad tras superar un proceso de selección, que según ella, consiste en “una viejas mirando como un film toda tu vida”, no pude evitar escuchar Sueter esa tarde esperando volver a ver a Zavaleta.

La verdad es que no había necesidad, uno ya las pasó todas, como todos los que están acá, ya estuvo en las buenas, las malas y las ni tan buenas ni tan malas, como todos los que están acá… ¿para qué cagarse la vida? Cagarnos la vida, porque ahora ¿qué hago yo? ¿Soy la nueva ama de casa? Al primero del bar que haga un chiste bobo con eso le rompo la cabeza.

Ese difícil de olvidar 13 de enero: por primera vez se calzó los tacos nuevos, desempolvó una pollera, que de por cierto era muy poco recatada, abotonó la camisa hasta tapar mitad del pecho y se probó unos anteojos amplios y coloridos, que terminó dejando en la repisa por mi cara de desaprobación, si la dejaba ir así era un escándalo. Todas las mañanas se preparaba unas tostadas con queso y soltaba sobre el fontina untable un polvo rojo, nunca supe bien que era (una vez en la cama me dijo que le “hace bien”, no quise seguir preguntando así que la dejé pasar). Tras lavar la taza de café salió apurada a la Terminal; se despidió con un beso sequísimo, no la recuerdo despidiéndose antes de ese momento.


Era su primera vez en la Terminal. Si estás ahí es por muy pocas razones: o tenés una citación de Dios (nada bueno puede venir de ese lado), o llamaron a tu número y te toca el turno de ir Arriba, o porque de guapo te vas Arriba sin esperar tu turno (una jugada para los temerarios), o porque trabajás en Dios, o si te vas para Abajo (para no volver).

La caja en la que estaba contenida junto a un mar de animales de taxones de lo más variados iba a llevarla a su destino, un destino incierto con nudos en el estómago que no podía sentir por todo el rojo. Las líquidas paredes interiores se mezclaban, primero crema y rojo, lentamente haciendo un remolino desde los costados que luego de escasos minutos se convirtió en un rosa asalmonado, se apagaron las luces, se oyeron unos cinco segundos de gritos sin sentido hasta que solamente se iluminó la pared asalmonada que comenzó a girar en sentido anti horario separando los colores crema y rojo. Se le cerraron los ojos instantáneamente.


Abrió los ojos y estaba entrando por primera vez por la gigante puerta giratoria central de la humilde fachada, tan solo una abertura entre las nubes. “Obnubilante obnubilación”, reflexionó sobre el edificio, aquel que exhibía un enorme cartel, que solemnemente en negro sobre blanco nube inscribía: Dios; ella y su pequeño maletín vino.

Cilíndrico por dentro, celeste, en su mayoría, miraba hacia arriba y no encontraba el techo, ¿celeste por la cantidad de vidrios o el día nubleado? Todos los días eran nubleados. El hall central era “vasto”, “cómo una de once pero redonda” comparó esa misma noche mientras compartíamos un tinto.

Una niña voladora le entregó un número en la mano, como a todas las demás personas de la Terminal que fueron a Dios. Enseguida la llamó desde la recepción un señor maquillado con un peligroso movimiento de cuello, sobre todo por la violencia del agite, dijo que tenía que ir al piso 313, ahí la esperaban. Mientras se iba de la Recepción escuchaba como el maquillado coreaba “¡Oi! ¡Oi! ¡Oi!”. Su destino ya no era incierto, solamente debería seguir siendo ella misma. Comer lo que comía, decir lo que decía, oler lo que olía, leer lo que leía, bailar lo que bailaba.


Millones se postulaban para Dios todos los años, pero todos lo hacían después de un sesudo y largo estudio de la situación, pedir un turno para ir a la Terminal era cosa de una sola vez en la vida. Se sabe que cada vez que se pasa por la caja asalmonada, Dios juzga y dicta hacia dónde va a ir nuestra alma o cuerpo, o lo que sea que tenemos. Los lugares más comunes son el Arriba y Abajo, algunos dicen que fueron a pasear un rato a la Tierra y hasta a otros planetas. Hasta el día en que te citan por tu número, no te enterás donde vas a acabar. Todos los que se postulan para trabajar en La Empresa y no son seleccionados, indefectiblemente su destino será Abajo, con la clásica caída de 1000 kilómetros; y todo esto para que no tengan duda de que su paso por la Tierra y el Limbo, fue y será completamente irrelevante para el futuro de la existencia.


En su primer día de trabajo en “El 48”, la recibieron dos secretarias del mismo piso con mate y facturas. Sus nuevas amigas sumaban más de mil años en la empresa entre las dos, le contaron unos chismes sobre William y su relación con los escortopos que la hicieron entrar en duda sobre su sexualidad, se lo imaginó instantáneamente dentro de una camisa lila floreada sin abotonar y sunga azul para tapar sus virtudes, bailando al son de una guaracha cubana estándar con todos los escortopos aceitados refregando sus aletas en su torso y espalda lampiños.

Entre flash y flash la ceremonia de cotorreo se extendió casi una hora. Cuando se dio cuenta que no podía perder el tiempo de esa manera, se acomodó en la nueva silla, estiró las piernas bajo el nuevo escritorio crema nube y comenzó a practicar su sonrisa, empezando por pedirles a “las chicas” amablemente que se manden a mudar.

Un presencia la atacó por sorpresa, le temblaron los tobillos, el reloj pulsera marcaba las 10.25 y allí estaba saludándola el Director General de Legales, que al parecer no tenía ningún problema en llegar con anteojos “careta” y ligeramente tarde. Todo ahí mismo, en el piso 48.

– ¡Vos debes ser la nueva!- exclamó para captar la atención de la muchacha. Ella lo miró desconcertada, y antes de que responda, él mismo anticipó – Estoy en el interno seis, hasta las tres de la tarde no me pases ningún llamado, nunca.
– Ámbar Pruni, señor.


“Trabajar para Salomón va a ser muy demandante” me comentó esa misma noche, a la semana siguiente se retractó y dijo que el tipo este no para de rascarse.


Pasear por los pasillos, jardines, hall, baños, comedor, y todo espacio público dentro del majestuoso edificio le levantaba el ego, poco a poco iba cayendo en su nueva realidad. Alejandro Magno y Steve Jobs diseñaban la nueva campaña de marketing en frente a la fuente del jardín central, les estaba saliendo algo como “No escucharás electrónica”, y se reían solos a carcajadas espasmódicas, seguro estaban locos; algunos minutos más tarde pudo ver al grupito de Sagan, Huxley y Asimov en una calurosa discusión en la que Huxley parecía disfrutar extremadamente de un arbusto chiquito y perfectamente cortado como un cubo; lo usaba de mesa para comer torta, lo acariciaba y le hablaba al oído (un oído de hojas pequeñas, que no estaba ahí), Sagan y Asimov se rieron tanto que Huxley lloró como niña.


Legales tenía dos sectores, a cada uno se entraba por una puerta diferente que estaban a los costados de la habitación donde estaba Ámbar, uno de ellos era “Muerte” y el otro era “Distribución”. El primero se encargaba de decidir quiénes morían en la tierra, todo a partir de un estudio profundo de las personas, y solo los mejores filósofos, psicólogos y economistas eran los encargados para estas decisiones. El segundo estaba reservado para los abogados, conocían de comienzo a fin todas las legislaciones de todo el mundo, y basándose en ellas discutían en pequeños focus groups sobre quienes debían ir al Arriba o Abajo, o tal vez, esperar por una definición en el Limbo, como ella y yo.


Nunca fui de mirar mucho la TV, me parece “muy 2010”, esos programas de chimentos/pseudointelectualidad/lavidamisma no son mi estilo, yo te miro fútbol y alguna película dominguera, y a pesar de eso no puedo evitar encontrarme acá, comiendo una milanesa de soja solo, mirando a Rial (que no estaba muerto, pero tenía contactos en Dios y salía en prime time con Intrusos en Cuatro Dimensiones); si mi vieja estuviese acá se me caga de risa. Que Newton se bajaba a la hermana de Lenin, que cuando salieron de joda juntos, Juan Pablo II y Luca terminaron detenidos por estar con niñas voladoras desnudos y corriendo por un jardín, “¡Estaban todos drogados!” se escandalizaba un panelista.


Dicen que ir al Abajo no es tan malo como suena, pero nadie volvió, sabemos tan poco…

Dios se encargaba de todo, todo lo que podía hacer. Se fundó allá en el 1358 antes de Jesús, actual Presidente del Honorable Directorio. Es la empresa más grande del universo, pero aun así recorta gastos porque cada vez hay menos gente en la Tierra que la sustente, gente que se moría, iba a parar al limbo y le importaba una mierda lo que pase en la Tierra. No sobra nadie en plantilla, solo los mejores del Limbo y de Arriba trabajaban en Dios, el proceso de selección es de veinte años si no estás acomodado, depende también de cuantos años tenés. Los nuevos muertos estaban desencantados con Dios, no veían la necesidad de un ente regulador, creían que el azar y el placer eran hermanos de diferentes padres. ¿Laburar para definir un destino? No es lo mío.


Ver tanta perfección junta cansa la vista, y no se trajo sus amplios anteojos para hacerla descansar. Todo debía ser hecho para ayer, y cualquier error era justa causa de despido. Atendió el teléfono todo la tarde, pidió comida a una niña voladora que ofrecía por las oficinas, ordenó la agenda de unos doscientos empleados y volvió a la Terminal, para volver a casa en el Limbo.

Cerró los ojos, abrió los ojos.


Cuando te morís, aparecés en una sala gigante con muchos boxes, donde la gente de Dios va llamando por un altavoz y te algún empleado te comenta vagamente tu situación de ese momento en adelante, luego te pide que elijas una serie de cosas para tu estadía en la Cuarta. Antes que nada te dan la bienvenida, a mí me hicieron una joda horrible: me dijeron que como justo estábamos abrazados con Ámbar cuando pasó lo del escape de gas y el pucho que se quiso prender Fabo cuando volvió del bar con las trolas, vamos a tener que compartir el cuerpo de ahora en más; en fin. Te hacen dos preguntas que resultan claves, la primera: ¿Con qué edad queres vivir el resto de tu existencia?, ahí no supe que responder, y dije 27, solo por Jimi, Kurt, Jim, Janis, Amy y el Potro; ¿qué pasaba si pedía 45? Ni idea, nunca me vi con esa edad. Algunos niños piden muy mal, después se dan cuenta de su error, otros adultos pedían ser niños, y terminaban siendo unos perversos en envase pequeño. La segunda gran pregunta es todavía mejor: Si pudieses elegir un poder cualquiera, ¿Cuál sería? Este sistema de poderes es algo raro… Uno no puede revelarle a nadie que poder eligió, sino lo pierde automáticamente, por eso tampoco se habla mucho sobre esto; está muy mal visto. Traté de hacer la del vivo y pedí tener todos los poderes que quiera y cuando quiera, y el chico que me atendió señaló un cartel al lado del mío que dejaba clarísimo que eso era imposible, y ante el nerviosismo le pregunté qué era lo que más salía. “Muchos niños voladores, muchos voladores a decir verdad, mucho visión de Rayos X que no sirve de mucho acá y mucho ‘un frasco interminable de…’”.

Pedí un frasco con gotero de LSD, el cual perdí a la semana cuando en el medio de la locura le conté a Ambar. Sin superpoderes, sin ganas de hacer nada, sin ella por las tardes, a veces por las noches también. Todo iba muy mal.


Con el tiempo se puso al día con las tensiones políticas dentro de la empresa, algunos del Departamento de Estadística velaban por la “ley de la moneda” que consistía en que la división de la Terminal tienda a cincuenta por ciento para cada lado, los antiguos eran fieles conservadores de las reglas actuales y de la necesidad de perfeccionamiento de la empresa a través del largo proceso de selección. Todos opinaban que Jesús era un tipo jodido, que “se le subió el poder a la cabeza” en la Tierra. Jugueteando con William en su oficina, él ya muy sudado y relajado de la cintura para abajo se lo dijo como una confesión dominical.

– Supo ser un gran profeta, un gran humano vivo; supo caminar sobre el promedio y el agua, pero no aprehender la eternidad.
– ¿Y para vos como tiene que ser la eternidad? – Dijo Ámbar con un tono relajado.
– Azar, incierta, cambiante, dinámica, sorpresiva, asombrosa.
– ¿Para qué? ¿No será que es lo mismo? Ya estamos acá nosotros, no se a vos, pero todo me chupa un huevo ahora – Reprochó ella.
– ¿Lo amás?- se le partía la voz mientras lo decía, tenía mucho miedo de lo que ella le podía responder.
– Yo amo, me amo a mí, a vos, a él, a Él, a todos.
– Pero, ¿me amás como a él?
– De ninguna manera. A Pruni lo amo con mi corazón, esté o no esté. Lejos o cerca. Vive en mí, dentro de mí.

William se paró desnudo, con cara de nada, y sin vestirse abrió la ventana de su oficina, tomo una larga bocanada de aire, pisó sobre la carpintería de aluminio y sin decir nada saltó del 313.

Algunas personas, entre ellos las secretarias del 48, vieron un cuerpo volar por fuera de sus oficinas, completamente desnudo. William no había tomado clases de vuelo, pero se ve que de aterrizajes sabía mucho porque cayó exactamente en el borde de una fuente, desparramando todos sus fluidos internos por el jardín.


Vuelvo a mi cama, suena un tema de Madness. Ahora son las 9.30 am, fumar, meditar, a la ducha, hoy va a ser un gran día.